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Aviso: este artículo contiene spoilers

Este verano he aprovechado para descansar, ver cine y leer. Una de las pelis a las cuales puedo sacarle mucho jugo es Buena suerte, diviértete, no mueras (Good Luck, Have Fun, Don’t Die). Una peli divertida, pero a la vez bastante terrorífica a mi modo de verlo.

Hay una escena que me resultó bastante más inquietante que todas las amenazas apocalípticas de la película.

Los protagonistas pasan por delante de una casa y, dentro, hay varias personas pero cada una está absorta en su teléfono. Y pensé: esto ya lo he visto.

No en una película. No en un futuro distópico gobernado por una inteligencia artificial todopoderosa. Lo he visto caminando por la calle. Lo he visto en restaurantes, en transportes públicos y en salas de espera. Incluso me ha ocurrido pasar por delante de alguien conocido y comprobar que esa persona ni siquiera me había visto porque estaba mirando el móvil.

Probablemente también me habrá pasado al revés.

Y ahí fue cuando decidí que quería poner esta película a mis alumnos.

No porque crea que Buena suerte, diviértete, no mueras sea una descripción exacta del futuro que nos espera ni porque quiera darles otra charla sobre lo malísimos que son los teléfonos móviles, las redes sociales o la inteligencia artificial.

Precisamente me dedico a enseñar tecnología.

Quiero que la vean porque plantea una pregunta mucho más incómoda:

¿En qué momento dejamos de utilizar la tecnología y empezamos a permitir que la tecnología decida cómo utilizamos nuestro tiempo, nuestra atención e incluso nuestra relación con los demás?

Imagen pantallazo de mi ordenador

No sé si es ciencia ficción, comedia o una película de terror

Good Luck, Have Fun, Don’t Die, dirigida por Gore Verbinski y escrita por Matthew Robinson, comienza con un hombre entrando en un restaurante y asegurando que viene del futuro. Tiene una misión bastante sencilla de explicar y bastante complicada de ejecutar: evitar que una inteligencia artificial acabe provocando un desastre para la humanidad.

A partir de ahí tenemos ciencia ficción, acción, comedia negra, viajes temporales, adolescentes convertidos prácticamente en zombis por sus teléfonos (seguro que muchos profes ya lo han visto), realidad virtual, inteligencia artificial y un buen surtido de situaciones completamente disparatadas.

Pero yo añadiría otro género a la lista: Terror.

Da miedo porque utiliza la exageración para enseñarnos cosas reconocibles.

La película hace lo que hace muchas veces la buena ciencia ficción: exagerar una tendencia del presente hasta que podemos verla con claridad.

Y, cuando eliminamos la exageración, queda algo incómodamente familiar.

adolescentes siniestros con moviles

Imagen de Magnific (antes Freepik)

El verdadero miedo aparece cuando reconoces la escena

Hay un momento especialmente delirante en el que dos profesores se enfrentan a unos estudiantes absolutamente absorbidos por sus móviles. Cuando uno de ellos toca el teléfono de un alumno, todos reaccionan como una especie de mente colmena y empiezan a perseguirlos.

El gag funciona porque reconocemos el conflicto que hay detrás.

La discusión sobre el uso del móvil en las aulas ha dejado de ser una manía de profesores cascarrabias. En marzo de 2026, la UNESCO señalaba que 114 sistemas educativos de todo el mundo ya tenían alguna prohibición nacional sobre el uso de teléfonos móviles en la escuela, frente al 24 % que existía cuando empezó a monitorizar esta cuestión en 2023. La misma UNESCO advierte, sin embargo, de algo mucho más interesante que simplemente prohibirlos: quitar el dispositivo no elimina la necesidad de enseñar a utilizar correctamente la tecnología.

Ahí está, para mí, la verdadera cuestión. No quiero alumnos capaces de sobrevivir solamente cuando alguien les retira el móvil. Quiero alumnos capaces de tener un móvil delante y decidir conscientemente cuándo merece la pena utilizarlo y cuándo no.

Hay una escena que no consigo quitarme de la cabeza

Por eso sigo pensando la escena de la casa. La película lo presenta como algo absurdo. Sin embargo, ¿cuántas veces estamos físicamente en un sitio mientras mentalmente estamos en otro?

Puedes estar tomando un café con alguien mientras consultas WhatsApp. Puedes estar esperando un tren mientras saltas de vídeo en vídeo. Puedes estar caminando por una ciudad sin mirar prácticamente nada de lo que tienes alrededor porque estás pendiente de una pantalla de seis pulgadas.

Los últimos datos comparables publicados por la Organización Mundial de la Salud muestran una tendencia preocupante: entre 2018 y 2022, el porcentaje de adolescentes con un uso problemático de las redes sociales pasó del 7 % al 11 %. El informe, publicado en 2024 ¿se pasarían 2 años trabajando los datos? analizó datos de casi 280.000 jóvenes de 44 países y regiones.

La palabra importante aquí es problemático.

No significa que utilizar Instagram, TikTok, WhatsApp o cualquier otra plataforma sea malo por definición. La propia OMS recuerda que las redes sociales también pueden proporcionar conexión y apoyo.

El problema aparece cuando dejamos de controlar suficientemente el uso y este empieza a interferir en otras partes de nuestra vida. Y eso me interesa muchísimo más que discutir si debemos estar a favor o en contra de los móviles.

Infografía hecha con Copilot

No tenemos un problema con los móviles; tenemos un problema con la atención

A mis alumnos siempre les doy la turra con mis dos economías favoritas: La economía de datos y la economía de la atención: Un teléfono apagado encima de una mesa no tiene demasiado poder.

El activo realmente valioso somos nosotros. Nuestra atención.

Las redes sociales, las aplicaciones, las plataformas de vídeo, los servicios digitales y buena parte de Internet compiten por conseguir una porción de ella.

Y nosotros solemos hablar de nuestra atención como si fuera infinita. Pues va a ser que no lo es.

Cada vez que miramos una notificación estamos eligiendo, consciente o inconscientemente, qué merece nuestra atención en ese instante.

Eso significa que enseñar competencias digitales no debería consistir únicamente en explicar cómo funciona una herramienta. También debería implicar aprender a decidir cuándo utilizarla.

Parece una diferencia pequeña, pero para mí es enorme.

Durante años hemos identificado alfabetización digital con saber hacer cosas: utilizar un procesador de textos, buscar información, crear una hoja de cálculo, configurar un dispositivo, publicar contenido, manejar una aplicación.

Ahora necesitamos añadir otra competencia: saber cuándo no hacerlas.

La inteligencia artificial tampoco necesita convertirse en Skynet

La película utiliza una inteligencia artificial prácticamente omnipotente porque cinematográficamente funciona mucho mejor.

Pero no necesito pensar en una superinteligencia malvada para preocuparme por determinados efectos de la IA. De hecho, algunos de los que más me interesan son bastante menos espectaculares.

Me preocupa que dejemos de contrastar información. Me preocupa que confundamos una respuesta convincente con una respuesta correcta. Me preocupa que deleguemos progresivamente decisiones.

Y me preocupa especialmente que utilicemos inteligencia artificial sin comprender qué consecuencias puede tener su utilización.

Por eso me parece significativo que la propia legislación europea haya incorporado la alfabetización en inteligencia artificial. El artículo 4 del Reglamento europeo de IA exige a proveedores y responsables del despliegue de sistemas de IA adoptar medidas para garantizar, en la medida de lo posible, un nivel suficiente de alfabetización en IA de las personas que trabajan con esos sistemas, teniendo en cuenta sus conocimientos, experiencia, formación y el contexto en el que se utilizan. La obligación empezó a aplicarse el 2 de febrero de 2025.

No estamos hablando solamente de saber escribir buenos prompts.

Estamos hablando de entender lo que tenemos entre manos.

El riesgo de la inteligencia artificial no tiene por qué parecerse a una rebelión de máquinas: puede ser mucho más cotidiano y consistir en acostumbrarnos a delegar pensamiento, interpretación y decisiones sin preguntarnos cuándo seguimos siendo nosotros quienes decidimos.

Eso es lo que quiero trabajar con mis alumnos: que aprendan a utilizarla sin dejar de pensar.

Cuando la IA se encuentra con la ingeniería social

Además, hay otra razón por la que esta conversación me preocupa especialmente: trabajo también en ciberseguridad.

La ingeniería social siempre ha consistido, en buena medida, en conocer suficientemente a una persona para conseguir que haga algo que normalmente no haría.

Un atacante no necesita romper una contraseña si consigue convencerte para que se la entregues. Y ahí la IA está cambiando las posibilidades.

Diversas instituciones de ciberseguridad, como INCIBE, ENISA y Europol, advierten de que la inteligencia artificial está facilitando campañas de phishing e ingeniería social más personalizadas, convincentes y adaptadas al contexto de las víctimas.

Otra vez aparece la misma palabra: atención.

Para detectar ingeniería social necesito observar.

Tengo que preguntarme por qué esa persona me está escribiendo, por qué quiere que actúe rápidamente, por qué me pide determinada información, si ese mensaje encaja realmente con el contexto y qué ocurriría si antes de hacer clic verificara la petición por otro medio.

Pensamiento crítico y ciberseguridad empiezan a parecerse muchísimo.

Enseñar IA también significa enseñar cuándo no utilizarla

Una buena formación en inteligencia artificial no debería buscar que los alumnos la utilicen más, sino que aprendan a utilizarla mejor y con criterio: la IA puede ahorrar tiempo, ordenar información, analizar datos, preparar materiales o desbloquear una página en blanco, pero también conviene reconocer cuándo pensar sin ayuda forma parte del trabajo. Hay cosas que merece la pena recordar sin preguntárselas inmediatamente a Google. Hay ideas que necesitan aburrimiento. Hay conversaciones que necesitan un teléfono boca abajo. Y hay decisiones que no deberíamos externalizar solo porque una herramienta pueda proponernos una respuesta.

Imagen hecha con Copilot. He montado un agente para packagings que funciona bastante bien 😉

Yo también empiezo a ser un poco alérgica a la tecnología

En la película, Ingrid es literalmente alérgica a la tecnología: móviles y wifi le provocan una reacción física.

No he llegado a ese punto, pero empiezo a entenderla.

Tiene gracia, porque buena parte de mi trabajo gira alrededor de la tecnología.

Trabajo con ordenadores, enseño IA, hablo de ciberseguridad y uso herramientas digitales a diario.

Aun así, cada vez disfruto más de escribir en una libreta, leer en papel o salir con la cámara sin demasiados planes.

No lo veo como una contradicción.

Quizá, cuanto más conozco la tecnología, más claro tengo que no necesito usarla todo el tiempo.

  • La cuestión no es vivir sin herramientas.
  • La cuestión es quién manda.

Y entonces llega el final de la película

El final de Buena suerte, diviértete, no mueras es lo que la vuelve, para mí, mucho más inquietante de lo que parecía.

Tras intentar evitar el desastre, parece que los personajes han ganado y el mundo se ha salvado. Hasta que algo no encaja.

La victoria resulta ser otra construcción: el protagonista entiende que nada ha terminado y la historia vuelve al principio, a otro intento.

Esa repetición resume bien nuestra relación con la tecnología: nunca llega un momento en que podamos decir que ya sabemos usar Internet, las redes sociales o la inteligencia artificial.

Las herramientas, los riesgos y nosotros mismos cambiamos.

Por eso la alfabetización digital debe ir más allá del programa de moda.

Necesitamos enseñar algo más duradero que cualquier aplicación: criterio.

Por eso voy a ponerla en clase

No quiero que mis alumnos terminen Buena suerte, diviértete, no mueras pensando que deberían tirar el teléfono por una ventana.

Probablemente a la mayoría les costaría sobrevivir hasta el día siguiente.

Tampoco quiero convencerles de que la inteligencia artificial terminará dominando el planeta.

No lo sé.

Y cualquiera que asegure conocer exactamente cómo evolucionará la IA durante las próximas décadas está haciendo una apuesta, no describiendo un hecho.

Lo que quiero es que, cuando termine la película, miremos durante un rato lo que está sucediendo ahora:

  • Por qué nos cuesta ignorar una notificación y qué datos entregamos en redes sociales.
  • Por qué un mensaje bien escrito puede ser falso y qué implica delegar decisiones en un algoritmo.
  • Cuánto entendemos las herramientas que usamos a diario, incluida la ingeniería social, la privacidad y la atención.

Y, sobre todo, quiero preguntarles algo.

La película imagina una humanidad que descubre demasiado tarde que ha entregado demasiado poder a la tecnología.

Nosotros todavía podemos hacer algo mucho menos cinematográfico.

Podemos aprender a utilizarla sin obedecerla.

Quizá incluso podamos sentarnos de vez en cuando delante de alguien, guardar el teléfono y prestar atención.

  • Sin wifi.
  • Sin inteligencia artificial.
  • Sin notificaciones.
  • Solo dos personas hablando.

Visto cómo vamos, empieza a parecer casi ciencia ficción.